lunes, 12 de septiembre de 2016

Día 13 - Locura

«Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti.» 

Friedrich Nietzsche en su obra:
Sobre Monstruos y Otras Gaitas

Eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeh. Qué pasa. Que ahora soy como el camello de la esquina. Las primeras eran gratis, parecían inofensivas. Si mis amigos lo hacen por qué yo no. Sólo es para pasármelo bien. Puedo dejar de leer el blog cuando quiera. Un momento, ¿ese tío lleva tres días seguidos comiendo basura? ¿Ese tío se ha comido media lata de alubias para cenar y la otra media para desayunar? ¿Ese tío se ha tomado un Redbull a la una de la mañana? ¿Ese tío se ha pasado toda la noche pegando carteles de sabe Dios qué? ¿Ese tío tiene una loca teoría sobre la armonía de las cosas y las katanas? Dios mío, se ha tomado un descanso de fin de semana y yo con este agudo síndrome de abstinencia. Necesito más basura, más vorágine, más calle arriba calle abajo, más samurái. Pues aquí llega. Esterilicen sus agujas. Tiren esa metadona y prepárense para la mierda más pura y potente, traída directamente desde La Gran Gran Ciudad. Aquí llega. Aquí llega el relato de un hombre. El relato de un hombre encadenado por su propia voluntad. El relato de un hombre de aguda pluma y bolsillos vacíos. El relato de un pringado que come basura. ¡La Casa Inclinada está de vuelta!

La muchedumbre ruge eufórica. Eeeeeeeh, aaaaaah, ooooooh. Algunos tratan de iniciar cánticos: ¡La-Casa-Inclinada! ¡La-Casa-Inclinada! Nadie sigue esos cánticos y sus precursores disimulan como pueden, aplaudiendo con cara de mongolos: eeeeeh, aaaaah, ooooh. Aparece un tío con la cara de Toshiro Mifune y las manos en alto. Los gritos aumentan (viaje al tostador). El tío se quita la camiseta y en sus poderosos músculos pectorales se muestra un gran símbolo masón tatuado con tinta negra. Los sonidos de júbilo se tornan en suspiros de expectación y miedo. Algún listo grita: ¡yo ya sabía que era masón! Algún entusiasta grita: ¡entréganos tu plan! La imagen se pausa, se torna grisácea, aparecen unas marcas grises en la pantalla, las acciones empiezan a mostrarse a la inversa, de delante hacia atrás, y de repente vemos a un tío en gayumbos, flaco como un yonqui, rodeado de vasos vacíos en un salón inclinado, tecleando en un portátil.

Día trece. Han pasado muchas cosas este fin de semana, voy a intentar haceros un pequeño resumen. Es medio día y en breve tengo que salir a hacer unos recados para Negoción. Antes de nada: hay una muy mala noticia. Negoción no está. Se ha ido de vacaciones para una semana. Sé que todos lo vamos a echar de menos, tendremos que llenar su vacío con otros personajes y más comida basura. ¿Todavía más comida basura? Espero que el Señor Julina se encargue de sacarme de la cama por las mañanas. Hoy lo ha intentado llamándome por teléfono pero no lo ha conseguido. Queda pendiente esa tarea, la de llenar el vacío de Negoción. Pensaré en ello.

INTRODUCCIÓN
Últimas horas en la gran gran ciudad antes de salir hacia la lejana y pequeña ciudad

Es viernes y salgo a pegar unos carteles. Encuentro una pared fresca y dispuesta pero un grafiti me impide hacer mi trabajo.


Empiezo a encontrar cierta pasión en mi tarea. Intento pegar los carteles lo más recto posible. Si pego dos en la misma pared intento que queden alineados, separados por unos centímetros. Después de pegar cada cartel doy unos pasos hacia atrás y contemplo mi obra satisfecho. Puede que yo no sea el mejor cartelero de la gran gran ciudad pero... Pero qué. Soy el mejor cartelero de la gran gran ciudad y los otros carteleros los saben. He depurado mi técnica. Para asegurarme de que no me los despeguen, los apoyo en otros carteles sin llegar a taparlos. El adhesivo es tan fuerte que para quitarlos es inevitable cargarte los demás. Me lleno el brazo de trocitos de celo, llego a la pared de tu casa y antes de que digas democracia ya te he plantado un cartel encima de los timbres. Actúo a cualquier hora del día y no llamo la atención. Controlo los andamios cercanos, los contenedores, las cabinas de teléfono y los cuadros de luces de la municipalidad. Respeto los carteles auténticos. Decibelios toca dentro de un mes. ¿Decibelios sigue existiendo? Respeto. Carteles de bandas en blanco y negro. Respeto. El Gran Wyoming ocupando toda una verja. ¿Qué ha hecho ese tío por nosotros? Nada. Se puede tapar. Un tal Loulogio anunciando un espectáculo. ¿Ese tío ha bajado a nuestros infiernos? ¿No, verdad? Pues se tapa. Poco a poco voy comprendiendo el código del cartel. Yo no juego con la idiosincrasia de las cosas, todos lo sabemos.

Tengo que irme, tengo trabajo.

Un tío flacucho con la cara de Toshiro Mifune conduce una camioneta de una conocida marca de alcohol por diversas carreteras. Al cabo de un rato el tío flacucho vuelve y se sienta de nuevo frente a un ordenador, pero está cansado, acalorado y bebe cantidades ingentes de agua.

Cinco horas después...

Ya estoy de vuelta. ¿Que por qué conduzco una furgoneta de una conocida marca de alcohol? Negoción me ha contratado para hacer trabajos puntuales. Sí, ya sé que os gustaría tenerme en la más absoluta inmundicia para ver como me las arreglo, pero bueno, tendré que comer, ¿no? Sino a ver como os cuento mi loca vida. Me imagino que muchos estáis esperando que empiece a delinquir, ¿no? Pues dejadme deciros que las leyes no son preceptos sagrados, que no les debemos pleitesía sino al contrario, nos la deben ellas a nosotros. Ellas y los que las fabrica. Negoción dice que tengo una tendencia a ponerme panfletario.

PRIMERA PARTE
Sobre la estancia en la pequeña y lejana ciudad

Pasé muy poco tiempo allí, apenas veinticuatro horas. No podía quedarme más tiempo, al día siguiente, sábado, tenía que hacer trabajos para Negoción. Mi vida a ratos parece sacada de una peli de mafiosos y yo soy el que trae los cafés. Nada más bajar del autobús noté un golpe muy fuerte de cansancio. Mi mente se había puesto en modo paz, la adrenalina había bajado y el cuerpo me pedía descansar. Estuve en un festival de autoedición muy importante. Después me pasé por el mítico mítico bar, y el Señor Baloncesto, el camarero, no me dejó pagar ni una ronda. Que había leído este blog y que sabía que estoy en la mierda. Hice otras muchas cosas que no me apetece contar porque en la pequeña y lejana ciudad nunca hay emoción ni aventura. Me puse hasta las cejas de lentejas made in madre. Y vuelta.

INTERLUDIO
Una noche en la gran gran ciudad

El sábado por la noche estuve entre tres y cuatro horas pegando carteles en la gran gran ciudad. No me pidieron droga pero un rumano muy metido quería bailar conmigo y seguramente sodomizarme. No lo dejé.

SEGUNDA PARTE
Un domingo trabajando para Negoción

El domingo Negoción y yo fuimos a cubrir un evento de un conocida marca de alcohol en la pija y turística ciudad.


Es una ciudad muy bonita si tienes cincuenta años, la vida resuelta gracias a tus haciendas, aspiraciones simples y poco ambiciosas sobre la existencia, un cónyuge maniquí, un coche muy grande para afianzar (inútilmente) tu virilidad en caso de que seas hombre, una montaña de maquillaje en la cara en caso de que seas mujer. Si te gusta que los baños de los bares sean exclusivamente para clientes y que los cafés con leche cuesten dos paveles, ¡eh!, la pija y turística ciudad es tuya.

Coincidí con un aclamado pincha discos de la pequeña y lejana ciudad. El Señor Playeritas. Mucho tiempo sin verlo y mucha ilusión por el encuentro.

Había un sol de justicia y muchos muretes de empatía. Casi todos los turistas son muretes de empatía. Mi trabajo consistió en ir del punto A al punto B. En llevar cosas del punto A al punto B. El coche de Negoción fue un gran punto B al que tuve que ir en varias ocasiones. Entré en modo chorro, que consiste en sudar sin parar. Estuve en modo chorro desde las... nueve de la mañana hasta las siete de la tarde aproximadamente. También fui a otro país.

SEGUNDO CAPÍTULO DE LA SEGUNDA PARTE
Un tío muy raro, seguramente un violador en modo chorro, buscando a otra persona en la playa de un pueblo de otro país lleno de muretes de empatía

Sí. ¿Podéis imaginarme en una playa llena de "inserte gentilicio despectivo sobre los habitantes del otro país"? ¿Podéis imaginarme en la playa, con ropa negra, las zapatillas en la mano, buscando a una persona que no me contestaba al teléfono, a treinta y cinco grados? No, no podéis porque muchos no me conocéis, pero ocurrió. Los problemas empezaron en la frontera. La tarjeta de Negoción no funcionaba en el peaje del otro país. El peaje del otro país no aceptaba billetes y yo solo tenía cinco euros en papel. Un poli muy majo me echó un cable, conseguí cambios y pude entrar en el otro país después de diez minutos de chorro y desesperación. Llegamos mi chorro y yo al pueblo en cuestión. El pueblo se llamaba Infierno. Era más o menos así:


Yo era más o menos así:


En Infierno no cabía ni un alfiler, la media de edad de la gente rondaba los ciento veinticuatro años. Había más coches que personas y un buen sitio para aparcar se podía pagar con tu primogénito o dos de tus vísceras a elegir. Si alguna vez os toca: apéndice y riñón es la opción más sabia. Cuando alguien encontraba un sitio para aparcar podías tirarte entre cinco y diez minutos esperando a que se las arreglara con los otros conductores y metiera su enorme coche en una minúscula plaza, para poder tomar el sol durante horas y leer prensa manipulada. Como podéis imaginar, había muchos muretes. Voy a contar el caso más extraordinario que he visto nunca sobre esta clase de individuos y luego voy a intentar aparcar el tema y conciliarme con el mundo. Otra vez.

Es un caso muy sencillo y simple, ocurrió rápidamente. Aún así me costó mucho asimilarlo y entenderlo. El trajín de coches buscando aparcamiento y personas de jujaneo era interminable. En un momento dado, un señor entrado avanzadamente en la madurez se dispuso a cruzar la calle con su mujer avanzadamente madura. Al señor lo llamaremos Señor Murete Alfa. Como digo, el Señor Murete Alfa y su esposa empezaron a cruzar por un sitio en el que no había paso de cebra. Los coches se movían tan sumamente lentos que era comprensible. El coche que estaba delante del mío no paró, siguió avanzando a una velocidad minúscula, por lo visto no quería que Murete Alfa y compañía cruzaran la calle. Al conductor de este vehículo lo llamaremos Murete Beta. Vale, aquí llega la acción, ¿qué creéis que va a pasar? Estáis a punto de conocer la titánica lucha entre Murete Alfa y Murete Beta. Murete Beta avanzó muy despacio. Murete Alfa se dio cuenta. Murete Alfa quería cruzar la calle más que nada en el mundo. Murete Beta deseaba muchísimo avanzar dos metros y no tener que detenerse para que Murete Alfa cruzara. Ninguno de los dos se detuvo. El morro del coche de Murete Beta se incrustó lentamente en las nalgas de Murete Alfa y arrastró a este a lo largo de medio metro. Murete Alfa se acomodó en el capó del coche y se dejó llevar. Murete Beta comprendió que para conseguir sus aspiraciones tenía que pasar al homicidio y se rindió. Detuvo el coche. Murete Alfa se incorporó tranquilamente y siguió cruzando como si no hubiera pasado nada. Para un verdadero murete la existencia de otras personas es cuestionable. Estos dos individuos, estos dos muretes viejos, de trinchera, son un buen ejemplo. Ni siquiera se miraron a la cara. No había nada que mirar. La cara de Murete Alfa no se inmutó. Sus facciones estaban sumamente relajadas. Yo y mi chorro flipamos en colores con este episodio. Murete Alfa triunfó y cruzó la calle. Su esposa cruzó después.

Bien, tenía que encontrar a una persona pero su teléfono se había apagado. Intenté llamarla en numerosas ocasiones y no funcionó. Decidí que lo mejor sería dejar el coche y buscarla, pues sabía que estaba en la playa. Después de media hora opté por aparcarlo delante de un garaje que parecía desatendido. Pensé que si esa persona estaba en la playa, lo tendría fácil para verme, pues yo llamaba bastante la atención. Me vieron muchas personas pero la que importaba no me vio. Murete Alfa triunfó, yo fracasé una vez más. Los samuráis hemos vuelto a fracasar. El garaje desatendido no estaba desatendido y cuando volví a mi coche dos ancianos me miraron desolados. Me dieron mucha pena pero más pena les di yo cuando les conté mi historia chapurreando su idioma como pude. Mi chorro me ayudó. Los ancianos eran majos. Increíble, ¿no? El señor me dio la mano y me dijo que no me preocupara en un castellano bastante decente. Volví con Negoción prometiéndome a mí mismo que nunca jamás regresaría a Infierno.

Después más punto A y punto B durante cuatro o cinco horas. 

EPÍLOGO
Sobre lo que pasó después del chorro

Por la noche, de vuelta en la gran gran ciudad, la Señora Clubmate me encontró en un estado deplorable. La Señora Clubmate es una amiga que tenía que coger un avión a la mañana siguiente (hoy) y venía a la inclinada a dormir. Mi chorro se había secado al fin. ¡Eh, son las once de la noche y no he comido nada en todo el día! Ups. La Señora Clubmate me echó un cable y calentó unos tapers de comida exquisita que había traído. Fue como comer vida.

NOTA DEL AUTOR
Nota: al autor se le está yendo la cabeza

Hoy he comido en el O´Donnells porque no tenía tiempo.


Sí, quiero dejar de comer basura pero de momento no me da la vida.

Asuntos pendientes: he rechazado muchas ofertas de trabajo de diversos esclavistas. Me han llamado para dos entrevistas (redoble de tambor) ¡para trabajar de lo mío! Veremos que pasa.

La gente cuando trabaja pierde la noción de la vida. Si tenéis la suerte de trabajar, recordad siempre que estáis en el mundo.

¿Alguien conoce el fenómeno del obrero promocionado? Ocurre cuando acostumbras a alguien a malas condiciones de trabajo y de pronto mejoras un poco su situación, aunque sigas abusando de él o ella. Esa persona tiende a convertirse en un tirano. Creo que ya hemos llegado al momento histórico en el que aparecen los desempleados promocionados. Ocurre cuando alguien se pega mucho tiempo en el paro y de pronto consigue un trabajo. Pierde la noción. En fin, voy a echarme una lata por ahí y a pegar unos carteles.

Una fotito de la Inclinada por haber llegado hasta aquí:

¡Saludos inclinados, seguidores del bushido! ¡Hasta mañana!

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