Venga, apurando esos cafés que hoy tenemos aventura de la buena. Tranquilos eh, que no salpica. Vuestro desayuno está a salvo.
Eh. Eh. Despierta. Despierta que son las doce. Ponte a hacer cosas. Negoción. Sí, se ha portado y me ha dejado dormir. Me habría gustado levantarme antes. He mandado algunos mails. Mensaje de Jonpollón: ponte las pilas con los carteles. Todo el mundo me dice que me ponga las pilas. Uno nunca acaba de ponerse las pilas. Vaciando mochila. Adiós novelas, adiós libros, adiós cuaderno. Hola cantidad ingente de carteles. Hola precariedad y locura. Adiós, placer de la lectura.
A las cuatro de la tarde estaba en un chino comprando un rollo de adhesivo. Jonpollón me enseñó a decir gracias y adiós en chino pero no recuerdo como narices era. Tres paveles. Adiós, tres paveles. Se los pongo en la cuenta al nuevo jefe. La primera calle no ha sido muy difícil. La calle de las latas es accesible. Cartel por aquí, cartel por allá. Conversaciones agradables con los dueños de algunos bares. En uno de los bares se me ha acercado otro seguidor del bushido a darme ánimos y echarme una mano. Yo también he pegado muchos de esos, me ha dicho. Me hace ilusión encontrarme con gente así. Es como si te dijeran: no eres el único. Parece que eres el único pero no. Te comprendemos y te apoyamos, como peones en casillas contiguas. Esa metáfora no es mía. De todas formas no siempre es así. Vamos a explicar el concepto "murete de empatía". ¿Qué es el murete de empatía? Es lo que muchas personas tienen delante de la cara. La verdad es que se nota en la expresión. Cuando entras a un bar a preguntar si puedes pegar un cartel y el camarero no te sonríe y se mantiene inexpresivo, es que tiene un murete de empatía. Sí, pégalo en esa pared. Pero Señor Murete de Empatía, esa pared está llena de carteles. Encogimiento de hombros. Pero Señor Murete de Empatía, ninguno de esos carteles está pasado de fecha. Encogimiento de hombros. Pero Señor Murete de Empatía, ¿cómo puedo pegar ahí mi cartel? Encogimiento de hombros. ¿Os imagináis al Señor Murete llegando a su casa y tratando así a su pareja? ¿O a su prole? ¿A su prole de inexpresivos listos para poblar el mundo? Hijo, voy a enseñarte todo lo que necesitarás saber para el real real mundo. Levanta un poquito los hombros y pon cara de muermazo, así, como si no tuvieras alma. Eso es hijo, te falta un poco de práctica pero cuando estés detrás de una barra por cuatro euros la hora te saldrá de cine.
Calles, andamios, bares, una tienda de ropa por aquí, una señora que me dice: no lo pongas fuera que las paredes son del ayuntamiento. ¡Señora! ¡Que esta es su tienda! Tanto ayuntamiento ni tanta gaita.
De repente son las seis de la tarde y el estómago me ruge. Ups, se me ha olvidado comer. No hay tiempo para visitar ese eje del mal llamado supermercado. Tengo algunos asuntos que hacer con el Señor Julina, vamos hacia su estudio. ¡Vamos! Paradita en La Inclinada para poner punk autóctono en el móvil y escucharlo de camino. Llego tarde, me compro unos fideos en el chino y me los como mientras ando. Después más calle arriba calle abajo y de repente se hace de noche. Lo mejor de la noche en la gran gran ciudad es el reflejo de las farolas en el agua.
Es jueves. Eso significa que el Jonpollonbar está abierto. Se paga una ronda para mí, el Señor Julina y el Señor Amanecer. Le comento lo de los tres leuretes y me los conmuta por una cena.
Los carteleros nos alimentamos genial.
Me he vuelto a La Inclinada a comerme esa basura y me he encontrado con Veganón que ya había presentado su Trabajo Fin de Carrera. Le han puesto un nueve. Gracias a todos por mandarle vuestros chakras para que los abriera. Se ha debido poner fino a base de abrir chakras. Veganón me ha estado leyendo sobre mi signo zodiacal mientras me comía el Chef to go select. Chef para ir bien selecto. Hemos quedado en que otro día me hace la carta astral y he salido a pegar más carteles. Hasta las cuatro de la mañana. Me han pedido droga dos veces. Al segundo le he dado unos flyers. Dáselos a tus amigos, anda. Un poco de emoción: la madera me ha pillado pegando el último cartel en una sucursal. He echado a andar fingiendo normalidad hasta el portal de casa, que por suerte estaba a diez metros. He entrado en casa. ¡Uf!
Y eso es lo que ha pasado hoy. Por cierto, Negoción se ha ido. A veces tengo la sensación de que no cierro todas las líneas argumentales que voy abriendo en el blog. Por ejemplo, nunca os conté que fui a pedirle perdón a la vecina por chorrear el rellano. ¿O sí lo hice? No sé, estoy muy cansado y necesito dormir. Otra vez.
Lo de mañana es complicado porque por la tarde pienso bajar a la pequeña y lejana ciudad para algunos asuntos. Yo y mis asuntos. Así que... Mañana no habrá blog. No tiene sentido hablar de la pequeña y lejana ciudad aquí, que yo ya la tengo muy vista. El fin de semana tengo trabajo así que... A ver como digo esto... Es posible que tampoco haya blog. A ver que puedo hacer. Ya, a mí también me da bajón. Pero bueno, el lunes como tarde volveremos a la inclinación y retomaremos el blog diario. Sin problemas. Vaya corte de rollo, ¿no? ¡Venga esas caras! ¡Pero si estáis hartos de mí! Un descansito os va a venir bien.
Y nada, nueve días ya. Que alguien venga a cocinarme unas lentejas, por favor.
¡Precariedad e inclinación! ¡Cuidaos! ¡Hasta pronto!


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