Bueno, como mañana no os voy a poder contar mi vida en verso, eso ya lo adelanto, he decidido empezar a escribir desde la primera hora del día (de mi día) para hacer algo un poco especial, aunque lo realmente especial vendrá mañana. Os voy a contar mis impresiones de la forma más directa que pueda durante hoy. Lo primero: no tengo ropa limpia. Llevo puesta la muda que usé ayer. Todas mis camisetas huelen a choto y mis vaqueros están llenos de ceniza, manchas de chocolate y otras suciedades. Voy a tener que despelotarme entero y meterlo todo en la lavadora. Es guay porque nunca había llegado hasta tal extremo de suciedad. Después me voy a dar una ducha y a esperar unas horas a que se lave todo y se seque. Bua. Creo que voy a dejar unos vaqueros de reserva para no escandalizar a los inclinados, aunque el nudismo está bastante aceptado aquí. Pero aún no hemos llegado a ese punto de confianza. ¿O sí? Acabo de tirar todo el café por la mesa. Bueno, voy a ejecutar mi maléfico plan y os cuento.
Minutos más tarde...
Vale, inconvenientes de mi plan nudista. En la gran gran ciudad está empezando a hacer frío y no podemos permitirnos el lujo de enfermar. Os cuento como lo he solucionado. ¿Recordáis ese polo del Tele Pizza que Veganón me regaló? Sí, yo también lo recuerdo. Por lo demás, pantalón corto de pijama en modo comando. Zapatillas en modo comando. Este será mi atuendo hasta que se lave y se seque toda mi ropa.
Nota: modo comando significa sin ropa interior.
Bueno, voy a ver si le saco partido a la compra de ayer y cocino algo.
Al final no me complico mucho la vida. Hay que gastar el arroz que sobró ayer para no ocupar mucho espacio en el frigo de los inclinados.
Y ahora a comer y a esperar.
Apuntes rápidos: la ropa ya está tendida, son las cuatro de la tarde, también me he zampado medio bote de garbanzos. Adiós garbanzos.
Cuatro y cuarto. El Señor Julina quiere echarse un café. ¡Vamos allá! El Señor Julina no permite que me aburra. Pantalones en modo comando, calcetines de Negoción y sudadera de una conocida marca de alcohol. También pillo los carteles que hoy Jonpollón quiere que pegue en la zona chunga. Jonpollón y sus ideas.
Las siete y diez de la tarde. He vuelto de la zona chunga y ha sido una locura. La locura me persigue sin yo buscarla. Así que tranquilos, este blog va a seguir siendo interesante, a la noche me explayo más sobre lo que me acaba de pasar. Mi ropa aún no se ha secado, sigo en modo comando. Me pongo el chubasquero que está jarreando, de hecho estoy calado. Me voy a seguir pegando. Me puede pasar cualquier cosa a continuación. Vosotros sólo tenéis que bajar la mirada tres líneas. Hasta ahora. No os preocupéis por mí, me las voy apañando. Antes de salir os enseño una foto que he sacado en un garito, de unos dibujos que me han encantado.
Las siete y diez de la tarde. He vuelto de la zona chunga y ha sido una locura. La locura me persigue sin yo buscarla. Así que tranquilos, este blog va a seguir siendo interesante, a la noche me explayo más sobre lo que me acaba de pasar. Mi ropa aún no se ha secado, sigo en modo comando. Me pongo el chubasquero que está jarreando, de hecho estoy calado. Me voy a seguir pegando. Me puede pasar cualquier cosa a continuación. Vosotros sólo tenéis que bajar la mirada tres líneas. Hasta ahora. No os preocupéis por mí, me las voy apañando. Antes de salir os enseño una foto que he sacado en un garito, de unos dibujos que me han encantado.
Ocho y veinte de la tarde. La lluvia es demasiado intensa, tanto como mi estrés. Me subo al estudio del Señor Julina a echar una lata y resguardarme. Le llevo otra a él.
Nueve y media de la noche. Llueve mucho y el Señor Julina no quiere salir. Yo tampoco, la verdad. Llevo objetos importantes en la mochila y no quiero que se mojen. Vamos a esperar un poquito a que amaine.
Una de la mañana. Ya estoy en La Inclinada. La casa está muy tranquila. Sigo en modo comando pero mi ropa ya se habrá secado. Veo luz por la rendija de algunas puertas. Algunos inclinados están en sus habitaciones. El Señor Primigenio está durmiendo en el salón, con la luz encendida. Espero no despertarlo. Entro y apago la luz. El salón inclinado es el mejor sitio para escribir. Al final el Señor Julina y yo nos hemos comido toda la lluvia. Es la primera vez que veo tanta lluvia en la gran gran ciudad. El Señor Julina está más tranquilo ahora que ha expuesto sus sombreros, pero al mismo tiempo está un poco agobiado porque le han encargado nuevos proyectos. Aquí lo tenéis:
Una de la mañana. Ya estoy en La Inclinada. La casa está muy tranquila. Sigo en modo comando pero mi ropa ya se habrá secado. Veo luz por la rendija de algunas puertas. Algunos inclinados están en sus habitaciones. El Señor Primigenio está durmiendo en el salón, con la luz encendida. Espero no despertarlo. Entro y apago la luz. El salón inclinado es el mejor sitio para escribir. Al final el Señor Julina y yo nos hemos comido toda la lluvia. Es la primera vez que veo tanta lluvia en la gran gran ciudad. El Señor Julina está más tranquilo ahora que ha expuesto sus sombreros, pero al mismo tiempo está un poco agobiado porque le han encargado nuevos proyectos. Aquí lo tenéis:
Un momento, el Señor Julina no era así, ¿verdad? A ver, a ver, que ya os la colé con una gaviota. Pero esta vez no os estoy colando nada. El Señor Julina es complicado. También me ha invitado a cenar comida rica en su casa y de nuevo se me querían salir las lagrimillas pero las hemos reprimido. Reprimir cosas se me da muy bien.
El perro del Señor Julina se llama Señor Phillippe:
El perro del Señor Julina se llama Señor Phillippe:
En fin, supongo que queréis saber que me ha pasado en la zona chunga de la ciudad. Se está viniendo, ¿listos?
PROBLEMAS EN LA GRAN GRAN CIUDAD
Un relato sobre un tío extraño escrito por un tío extraño
La tarde estaba fría. La lluvia empeoraba por momentos. Yo caminaba como si dibujara un sendero con mis pisadas. Un sinuoso sendero que subía y daba vueltas, una línea crucial cuyo final no conocía. Las calles de ese barrio eran estrechas, con un solo carril para los coches. Muchos de los edificios estaban abandonados. En las puertas de los bares se arremolinaban muchas personas, inmigrantes, la mayoría. Las paredes no se conservaban muy bien, la pintura se había despegado en numerosas zonas. Muchos eran los que habían visto oportunidades en aquel barrio, seguramente los precios de los alquileres no eran muy altos. Es por eso que había alguna sala de arte y algún estudio. Es por eso que yo estaba allí, dibujando el complejo sendero de siempre.
Estaba pegando un cartel en un contenedor, sabía que el flujo de artistas estaba asegurado y que les interesaría lo que mis carteles contaban. Se me acercaron dos muchachos, jóvenes. Uno de ellos quizás llegaría a los veinte. El otro quizás a los dieciocho. Marroquíes, pensé, pero quizás me equivoqué. Me pidieron tabaco y les dije que no tenía, quería acabar mi trabajo pronto y no quería gastar tiempo con ellos. Gran error por mi parte. Olvidé Territorio Comanche. Olvidé a los reporteros de guerra. El tabaco abre puertas y calma ánimos. Tanta literatura para nada. Me preguntaron por mis carteles, en ese punto me di cuenta de que me estaban probando. Muy bien, este es mi día a día, pensé. Les miré a los ojos y con tranquilidad les expliqué todo lo que querían saber. Al irse me dieron la mano efusivamente, agradeciendo mi información. En cuanto me soltaron me llevé las manos a los bolsillos. Un poco tarde para caer en la cuenta de que te están robando, Sherlock. Mi teléfono móvil ya no estaba ahí. Ellos se estaban marchando a paso ligero, corrí tras ellos.
—El teléfono —les dije—. Devolvédmelo.
—¿Qué teléfono? —me contestó el mayor con un acento muy marcado, dándose la vuelta.
—Sé que lo habéis cogido, devolvédmelo, por favor.
—Nosotros no hemos cogido nada —de nuevo el mayor—. ¿De qué me estás acusando? ¿Me estás llamando ladrón?
La situación se estaba poniendo tensa. Antes me habían hablado sonrientes. Ahora estaban muy serios. Yo también estaba serio. Estaba nervioso, pero no tanto como el menor de ellos. Conocía la táctica de hacerse el ofendido y traté de cortarla de raíz eligiendo las palabras como pude.
—No quiero ofenderte ni culparte de nada, ¿vale? Yo sólo quiero mi teléfono. Devolvédmelo, es mío, lo demás me da igual. No me voy a enfadar.
Entonces habló el más pequeño de ambos, pero lo hizo en su idioma natal y refiriéndose a su compañero. Bien, era buena señal. Decidí cortar su conversación con mi mejor argumento y no dejar hablar al mayor de ellos.
—Escuchadme. Yo estoy en la mierda igual que vosotros, exactamente igual que vosotros. Tampoco tengo dinero ni tengo nada, no tiene sentido que me robéis a mí. Si tenéis que robar, robadle a la gente que tenga mucho, a la que no vaya a sufrirlo tanto. Para mí ese teléfono es mi vida. ¿De verdad queréis hacerme eso? Pensadlo bien.
El más joven me miró durante unos segundos y sacó mi teléfono de su bolsillo. En cuanto lo vi lo agarré con la mano y lo guardé. De la alegría le di un abrazo al joven, y de paso para mostrar que yo también podía sobrepasar los límites. Vigilé mis bolsillos, tengo una táctica automatizada para cerciorarme de que todo está en su sitio. Todo estaba en su sitio. Di un paso atrás.
—Perdona, hermano —me dijo el joven mientras el otro le recriminaba en su idioma—. Perdona, no sabía que estabas jodido como nosotros, hermano.
—Joder, pues claro, ¿no me ves como loco pegando carteles? ¿Qué te crees? Cobro cuatro duros, tío. Anda, toma un pitillo por haber hecho lo correcto —le di un cigarrillo, está vez sí que tuve presente Territorio Comanche. Tanta literatura para algo.
—Perdona, hermano, de verdad —insistió mientras cogía mi cigarro con sorpresa—. No sabía que eras legal, hermano.
—No pasa nada, te perdono anda. Gracias por devolverme el teléfono, muy bien hecho—dije y me encendí otro cigarro para mí, para calmar los nervios.
—Vámonos —habló el mayor de ellos.
Asentí con la cabeza mientras fumaba y me despedí con la mano. Los observé marcharse calle abajo, pensé que al joven le esperaba una buena reprimenda. Ojalá la aguantara. Me di la vuelta y seguí por mi sinuoso sendero.
VOLVEMOS AL BLOG DE SIEMPRE
El blog de siempre también es un relato extraño
Ei. Qué tal la televisión mental. Sólo se sintonizan canales de serie B, últimamente. Eh, un momento, hay como interferencias. Os pierdo, os pierdo, os pier...
PROBLEMAS EN LA GRAN GRAN CIUDAD
Epílogo
Después de lo del teléfono otra persona vino a pedirme dinero. Que quería llegar a Torremolinos, que venía desde Francia y que llevaba tres días durmiendo en la calle. Habló durante cinco minutos mientras yo seguía pegando mis carteles.
—Mira tío, no estoy para tonterías. Yo tengo poquísimo dinero. Si de verdad llevas tres días en la calle, lo mejor que te puedo ofrecer es un café, ¿te apetece?
—Sí, claro amigo —me contestó.
Entramos juntos en una cafetería cercana. Cuando estaba a punto de pedirle un café, el tipo dijo que no eran necesarias tantas molestias, que gracias, que ahora se sentía culpable, que no quería molestar. No entendí porque todo el mundo intentaba robarme o pedirme dinero y después cambiaban de idea.
BLOG DE SIEMPRE
Parece que hay problemas técnicos
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